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Foto del colectivo Armemos Parche.

Por: Felipe Chica Jiménez

 

Al principio no tenía aspecto de barco ni de nada, solo eran unos cuantos maderos clavados entre el pantano y el escombro. José, de 74 años, a quien apodan El Abuelo, dispuso el terreno pensando en tener un lugar dónde sentarse a ver jugar a sus nietos y alejar la mirada de las cotidianas peleas de perros y el humo negro de las quemas de basura.

El proyecto: construir un parque infantil para el barrio. La idea de que tuviera forma de barco pirata llegó después, cuando estando sentados bajo un sol radiante y cansados de trabajar, alguien le vio forma de barco, entonces todo cobró sentido.

La construcción se hizo todos los miércoles durante seis meses, al ritmo del trabajo voluntario. Como el hijo de José murió días antes de que se inaugurara el proyecto, la nave se bautizó con su nombre, ahora es el ¡Barco Pirata Williams! En él, todos los niños del barrio Ramírez tejen amistades a través del juego cuando antes debían hacerlo sobre las pilas de basura.

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Foto del colectivo Armemos Parche.

Ubicado en el pie de monte de los Cerros Orientales de Bogotá, en la localidad de Santa Fe, Ramírez es uno de esos asentamientos que suelen llamar invasión, como tantos otros que hay en las montañas de la ciudad y que están tras las líneas de la miseria, hecho a punta de sobrantes de plástico y madera y donde el agua llega por la solidaridad de los barrios vecinos. Si algún día el ministro de Vivienda quisiera visitarlo, solo tendría que caminar unos 18 minutos en dirección sur oriente desde su despacho en el centro de Bogotá.

Como en todos los asentamientos de los cerros orientales, en Ramírez la vista de la ciudad es impactante. La historia popular dice que antes de que el barrio tuviera nombre muchos de esos predios eran campesinos, que fueron urbanizándose con la llegada de otros campesinos, luego con las familias desplazadas por el conflicto armado; al punto que, luego de tres décadas, sus caminos terminaron fundiéndose con la gran ciudad.

“¡Pero que quede claro!” – dice David un habitante del barrio- “las familias campesinas que aún vivimos en los cerros rodeados de cemento y ladrillo, no salimos de la montaña a la ciudad en busca de oportunidades, al contrario, la ciudad nos cayó de improvisto”En Ramírez todavía están los campesinos de vaca y gallina que bajan en burro hacia el centro de la ciudad buscando las sobras de restaurante lujosos para alimentar a sus cerdos, y también están los recicladores o ‘zorreros’, que se conocen la ciudad mejor que nadie.

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Foto del colectivo Armemos Parche.

Mauricio es uno de esos vecinos de Ramírez que fueron expulsados del centro histórico más por el acoso inmobiliario que por la violencia. A él lo apodan ‘Salado’, tiene 36 años y vive del reciclaje. Los libros que pasan por sus manos los vende por kilos en las recicladoras de papel. Es pausado, inquieto, y tiene ojos parecidos a los de un venado.

Según Salado, el pasado de esos cerros es aciago y lleno de contrastes. Vestigios muiscas y hornos de ladrilleras abandonados, historias de cedros gigantes adorados por los aborígenes y talados por los españoles, plantaciones de pinos y eucaliptos uniformes como pelotones de soldados, y chircales donde sus familiares cargaban ladrillos y tejas hacia los hornos de cocción, para luego transportarlos a las últimas edificaciones de la ciudad colonial.

Mucho después, ya en la segunda mitad del siglo XX, en nombre de la renovación urbana llegaron los proyectos inmobiliarios al centro de la ciudad, se desataron las alzas en los precios del suelo y familias como las de Salado, que tenían sus viviendas en el centro histórico, salieron hacia las periferias de la Localidad de Santa Fe a ‘ganarle’ espacios a la topografía, llenando de escombros las quebradas y ocupando los chircales abandonados. No de otra forma se hicieron a un pedazo de tierra, no de otra forma surgió Ramírez y no de otra forma se construyó el 60% de Bogotá.

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Foto del colectivo Armemos Parche.

De vuelta a la nave

El proceso de construir un corsario pirata para un barrio pirata comenzó con dos propósitos simultáneos: el primero, montar un parque infantil para niños y niñas -que abundan en el barrio-, y el segundo, hacer de éste un punto de encuentro para recomponer las relaciones de una comunidad marcada por la violencia y las precariedades y violencias del urbanismo pirata.

No se trata de una simple intervención de espacio público en un barrio marginal, es un símbolo al que una comunidad hoy se aferra porque –para bien o mal– los viene sacando del anonimato y les da la identidad que nunca han tenido, la de una ‘comunidad pirata’ que busca crear espacios propios para una nueva generación cansada de reproducir las dinámicas de la marginalidad. “Yo no quiero caerle mal a nadie”  o “No quiero ver mi barrio lleno de basura”, dicen un par de niños del lugar.

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Foto del colectivo Armemos Parche.

Armemos Parche’ es una estrategia del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud, gestora institucional del proceso, bajo la premisa de armar parche donde no lo hay. De ese programa hacen parte jóvenes que conocen el barrio y llevan un proceso de formación para niños y niñas, hijos y nietos de recicladores y antiguos zorreros. ‘Chinches’ como los llama José, El Abuelo.

Para Salado el barco no es un simple juguete del tamaño de una casa sino otra cosa; “una especie de protesta” escrita con pedazos de ciudad. Su coraza está hecha a trozos de madera y hasta las puntillas fueron recicladas. El presupuesto fueron las manos de esta comunidad y las de los jóvenes vinculados a la estrategia ‘Armemos parche’, pero sin lugar a dudas Salado y José son los protagonistas claves de ésta historia. Regularmente se les ve parados a un lado del barco mirando el paisaje y cada tanto se preguntan si podrán sobrevivir en el rincón que les asignó la ciudad.

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Foto del colectivo Armemos Parche.

La vida en estos barrios se ha encarecido, dicen. Así como en otros vecindarios de Santa Fe, Samper Mendoza, La Cruces, San Bernardo, Belén, la Candelaria y muchos otros que en las últimas décadas vieron desaparecer los graneros y las viejas tiendas donde se podía comprar doscientos pesos de aceite. Saben que las familias  que rodean los espacios patrimoniales se van quedando sin una opción viable de vivienda y van migrando hacia otras partes, donde gente más pobre queda hacinada. Como ocurrió con ellos,  muchos solo tendrán la opción de hacer ciudad de forma sorpresiva y espontánea, a lo pirata.

Salado y El Abuelo no tienen mucha idea de los debates urbanos que se libran actualmente con el cambio de administración en Bogotá, el metro elevado o subterráneo poco les interesa y ni hablar de planes de ordenamiento territorial. Aun así, ambos son coautores de una vieja crónica de la lucha por el derecho a la vivienda

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