Por Felipe Sánchez Villarreal

Todas las fotos por Mateo Rueda | ¡Pacifista!

Hasta hace un par de años la iglesia del Voto Nacional estuvo al borde del colapso. A los altos niveles de contaminación, el riesgo de derrumbe inminente de sus esculturas y su contrafachada a punto de desplomarse se le sumaban las tensiones y violencias generadas por su vecino de El Bronx. Pocos saben que su nombre original es Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, que el barrio se llama Voto Nacional (y no ‘Bronx’) y que antes de 1991 los presidentes de este país recibían su bendición de posesión.

La plaza de los Mártires, ubicada justo frente a la basílica entre las calles 10 y 11 con Caracas, aparecía en la imaginación popular hasta hace poco como una extensión de esa olla en la que ocurría el más grueso expendio de droga en Colombia, a donde muchos fueron y no regresaron y que recibió el oscuro legado de El Cartucho después de su intervención por parte, casualmente, del mismo alcalde.

Olivier Grossetête ensamblando su ‘antimonumento’.

Pero, como aquella olvidada y tradicional iglesia en Los Mártires, los monumentos del artista y arquitecto francés Olivier Grossetête son el completo reverso de esa ecuación. El artista ha recorrido el mundo liderando la construcción de ‘antimonumentos’ —estructuras efímeras que imitan grandes piezas arquitectónicas, pero que son deshechas al día siguiente— ensamblados de manera colectiva y participativa durante varios días a punta de cartón, pita y cinta pegante. Ha construido imitaciones góticas en Francia, puentes en Australia y hasta una réplica de la Catedral de Guadalajara en México.

El fin de semana pasado le tocó el turno a Bogotá, en el marco de la plataforma artístico-académica EXPERIMENTA/Sur, que organizan el Goethe-Institut Kolumbien, la Fundación Siemens y el colectivo Mapa Teatro. En la capital del país, en plena plaza de Los Mártires, se alzó una réplica artesanal de la cúpula de la basílica del Voto Nacional y del obelisco que custodia la plaza.

El proceso fue largo: primero, se prepararon las piezas a través de unos talleres en los que el arquitecto involucró a exhabitantes de calle en proceso de resocialización; después, con un grupo diverso de voluntarios y personas que llegaron por su cuenta al lugar —desde soldados, estudiantes y artistas, hasta turistas y vecinos del barrio—, se ensambló durante más de ocho horas la estructura completa. Finalmente, el sábado se echó todo abajo, en un gesto representativo de la impermanencia de esa memoria, que el artista ha llamado “deconstrucción monumental”.

Y es que sus instalaciones participativas trabajan sobre esa premisa: más que la pieza arquitectónica, lo que motiva su elaboración es el semillero de creación participativa que desde allí se posibilita. El grupo de asistentes lo confirmaba: “No es solo el monumento lo que interesa. Me parece que está ubicado en un lugar que marcó mucho la historia de nuestra ciudad. Este acto colectivo es muy importante porque acoge a mucha gente: habitantes de calle, gente en rehabilitación, universitarios. Todo el mundo tuvo la posibilidad de participar. Me parece muy importante para que uno se concientice de la ciudad y que quienes la habitan se unan para hacer algo juntos”, comentaba Dana, una diseñadora de interiores mientras pegaba la esquina de la réplica.

Estela, la traductora mexicana de Grossetête, sintió eso mismo: “El corazón de este proyecto es el momento de estar levantando el monumento, con mucha gente reunida que a lo mejor normalmente no se reuniría. En los talleres tuvimos gente en condición de calle, alumnos, militares, artistas. O sea, mucha gente. Eso es lo que pasa hoy en la construcción: el poder de construir algo entre todos”. Detrás de ella se podía ver alzando cajas y rodeándolas de cinta a colaboradores extranjeros, mujeres del barrio, soldados, bachilleres y muchachos en sudadera verde de los centros del IDIPRON que habían sido invitados a participar.

“Bueno, vamos a alzar todo esto hacia el norte. Ubíquense alrdededor, por favor”, gritaba por el megáfono uno de los ayudantes de Grossetête una vez terminaba una sección de la cúpula. “Uno, dos, ¡YA!”, decían todos en coro antes de alzar la estructura para montarla sobre otra parte que ya estaba lista. Hernández y Moreno, dos soldados que colaboraban encajando la parte media de la obra, me contaron sus razones para estar ahí. “Es chimba que esto sea un homenaje a la iglesia que están remodelando. También la idea es que uno puede aprender muchas cosas: todo lo que uno malgasta en cartón y pille todo lo que uno puede hacer con esto”, dijo Hernández antes de tomar un nuevo rollo para montar las esculturas a escala sobre las esquinas del falso monumento.

A Moreno, por su parte, lo que más le emocionaba era la deconstrucción: “Uy, mañana se viene el totazo. Es bacano destruirlo. Pura recocha: todos aplastando los cartones, saltando para lado y lado sobre eso. Esto también es pa’ recochar. Armar todo juiciosos y que se luego se caiga. Severo”. El sábado, ese esfuerzo de más de ocho horas de cuidadosa arquitectura, se echó al piso en medio del júbilo colectivo.

Las piezas de Grossetête no duran ni un día completo y no son de materiales duraderos. El cartón pegado como imitación de una reliquia arquitectónica anuncia su propia impermanencia: la enclenque cúpula se tira al suelo a propósito.

“Esto refleja la fragilidad de la memoria”, apuntaba Oswaldo, un hombre canoso que llegó por gusto a armar la réplica. Para él, el evento desafiaba la idea misma del recuerdo y la duración del arte y las reliquias nacionales: “Me parece muy interesante el fenómeno de la memoria: cómo se trabaja un monumento que es efímero, que solo queda como un recuerdo pasajero. Quería venir a saber todo el proceso de construcción: los planos, los materiales, cómo unir las piezas, cómo es el proceso de involucrar a la comunidad y su posterior demolición. La obra de Grossetête está entre arquitectura y arte conceptual tratando de mostrar cómo se construyen y derrumban nuestras memorias colectivas, como sus monumentos de cartón”.

Como a los demás, a Oswaldo también le impresionó la fluidez participativa y la diversidad de la gente que había asistido a colaborar. “Todos están en igualdad de condiciones en el montaje”, dijo. Además, para él era también un gran juego: “Me encanta el aspecto lúdico. Este evento es también la reproducción de ciertos hábitos de juego que se han dejado de lado por las circunstancias de la vida. Uno cuando pequeño disfrutaba mucho haciendo casitas, la choza, etc. Esto es volver, con mejores condiciones y recursos, hacer realidad esas fantasías caseras”.

Mientras la gente entraba, unía, alzaba y erigía piso por piso el antimonumento, muchos miraban alrededor con curiosidad, extrañeza y hasta desconfianza. “Es que este sector ha sido muy estigmatizado. Bogotá le volteó la espalda hace más de cincuenta años, aunque es el centro geográfico de la ciudad. Este monumento vuelve a fijar la mirada acá, hace ver que es posible otra cara de Los Mártires que no es el Bronx”, contaba Milton, uno de los voluntarios. Y esa cara se ha comenzado a dibujar, empezando por los andamios que ahora revisten la fachada de la iglesia, en pleno proceso de remodelación.

Pero esa es apenas una arista de cómo se ha intensificado, desde hace unos meses, un controversial proceso de transformación del barrio: la plaza está recién remodelada y ahora tiene floridos jardines, ‘la L’ fue desalojada y el Voto Nacional está en reconstrucción. Pero, aun así, los conflictos sociales siguen palpitando. A pesar de los grandes esfuerzos de recuperación del sector, la zona sigue siendo vulnerable al regreso de las viejas prácticas de microtráfico y delincuencia. La edilesa María Belisa Cárdenas afirmó que ha recibido denuncias relacionadas con el retorno de habitantes de calle y teme que ocurra lo mismo que en otros sectores intervenidos: “En La Favorita y Santa Fe está pasando casi lo mismo que en el Bronx: volvieron la indigencia, los atracos y el consumo de estupefacientes”.

Sebastián —un estudiante que cayó a asistir la construcción de Grossetête— dice que ahí es donde estos proyectos pueden ayudar a negociar nuevos horizontes sociales: “La interacción con la sociedad es lo mejor de esto: cualquiera que va pasando puede acercarse y pone así sea un pedacito de cinta. Mire usted: extranjero y habitante de calle pegando y montando cajas juntos. Vea cómo colabora todo el mundo; eso es un gesto social tremendo. Más en este barrio que ha sido tan pesado y lleno de conflictos”.

 

A pesar de los inconvenientes, la cúpula artesanal se alzó entrada la noche. Aunque estuvo a punto de colapsar antes de tiempo por algunos errores de cálculo y por la poca firmeza de ciertos bloques, duró hasta su sistemático derrumbe al día siguiente. Los semilleros de cooperación liderados por Grossetête y el IDPC alzaron juntos el monumento imperfecto. Esa estructura de cartón, cinta y cuerda fue, durante pocas horas, un espejo irónico del monumento oficial, también imperfecto y vulnerable, en un barrio que está intentando reinventarse.

Como dijo Orlando, un exhabitante de calle que participó del evento: “Armando esta vaina uno ve el potencial de hacer otras cosas con gente como uno. Si uno reacciona, puede parar y construir cosas bacanas. Yo estaba en una situación malísima. No podía comer con una sola mano. Llevo dos meses sin consumir una gota. Mi problema era el alcohol, era alcohólico. Pensé que no podía parar eso, pero sí. Y vainas como esta sí ayudan”.

Las estructuras de Grossetête se desploman pero abren posibilidades aún más permanentes: las del diálogo, la colaboración entre sujetos diversos y la reflexión crítica sobre las ciudades que habitamos. Mientras los monumentos hablan de grandes gestas y héroes, los antimonumentos ponen en escena todas esas vidas cotidianas que quedan por fuera. Y, por eso, quizá esa construcción perecedera en plena plaza de Los Mártires será más nutritiva para la salud del barrio que el apresurado y violento desalojo, a solo unos pasos, del antiguo Bronx el año pasado.

 

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