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El escritor Ricardo Silva Romero ha criticado en sus columnas de opinión del El Tiempo y El País de España el asesinato de líderes sociales en el posconflicto. Foto: Sara Gómez

El viernes en la mañana, Ricardo Silva recibió una solicitud de varios periodistas reconocidos para unirse a una causa. Horas antes, el expresidente Uribe había llamado “violador de niños” a Daniel Samper Ospina y ese grupo tenía un objetivo específico: respaldar al periodista, repudiar al expresidente, darle Punto Final a las calumnias.

Esa tarde, Silva firmaba un comunicado redactado con varios de sus colegas: “Una palabra de Uribe basta para enlodar un nombre, para exacerbar los odios de tantos colombianos frustrados”, “corresponde a la ciudadanía, pues, el siguiente paso. Dar ejemplo. Exigir sin miedo, con la ley de su lado, el fin de la calumnia como estrategia”, “decirle al calumniador que ha llegado la hora de que se detenga”. Frases que fueron publicadas.

El lunes, cuando todo el país estaba hablando de la carta, del debate y las consecuencias de la frase de Uribe, hablamos con Ricardo Silva sobre la polarización que vive el país en un momento que, para él, es histórico: estamos acabando, aunque no se note, la guerra con las Farc. También conversamos sobre las redes sociales, la adicción al odio, los líderes sociales y la campaña presidencial de 2018.

 

¿Cuál es la reflexión que queda tras del episodio entre el expresidente Uribe y Daniel Samper Ospina?

Este episodio da luces sobre muchos de los fenómenos que estamos viviendo como sociedad en Colombia: el expresidente Uribe es un hombre muy popular, que está muy en contacto con esa Colombia frustrada, malograda y dolida. Él está empeñado en imponerle al país un proyecto populista, no muy diferente de los que él critica, como por ejemplo el chavismo. No está muy lejos de eso y opera de manera semejante.

Él sabe que enfrentarse a la prensa es tremendamente popular, y Daniel Samper Ospina es el periodista más visible de Colombia. Eso lo hace el enemigo perfecto, ya que las Farc dejaron existir. No estamos hablando de un presentador de concurso, sino de un hombre con toda la preparación y la experiencia, que sabe las consecuencias que tuvo todo lo que ha dicho sobre periodistas como Daniel Coronell, Yohir Ackerman, Julián Martínez, etc. Uribe ha venido asesinando moralmente a los periodistas que lo critican y que lo investigan. Eso es un rasgo de autoritarismo y populismo muy peligroso y muy diciente, que han mostrado otros presidentes autoritarios de la región que no se sienten muy cómodos con la democracia.

 

El gremio periodístico respaldó en bloque a Daniel Samper a través de una carta, ¿Qué mensaje querían enviar con ese documento, que usted firmó?

Lo que prueba esa carta es que los periodistas del país y los directores de los medios tradicionales de Colombia, ya sienten que es necesario explicar que una cosa es no estar de acuerdo y otra cosa es envenenar el debate, degradarlo y anular al rival. Es momento de decirle a su sociedad que no se pueden cometer delitos para ganar el debate público. No se puede ser neutral frente al código penal.  Si alguien la incumple la ley, se acabó la discusión.

Daniel Samper no ha cometido un delito en su vida, así haya ofendido a muchos con su humor, pero no estamos en el mismo plano. En cambio, calumniar una persona así (diciéndole “violador de niños”) es de un nivel muy grande. Lo que hace Uribe está en el Código Penal, lo que hace Samper Ospina está en el manual de Carreño. Uno no puede romper la ley porque quiere ser presidente, o tomarse el poder. Esa no es una posibilidad en medio de una sociedad democrática.

Uribe ha asesinado moralmente a los periodistas que lo critican y lo investigan.

¿Hacia dónde usted cree que va el expresidente Uribe con esta afirmación? ¿Cuál es la estrategia política detrás de esta pelea?

Uribe está creando el enemigo que está haciendo falta en la campaña y, como hombre autoritario y líder populista, está graduando de enemigo a los medios. Porque a partir de ahora, según su estrategia, nada de lo que denuncien Semana, El Tiempo, El Espectador, Caracol, RCN, va a ser creído por sus seguidores. Los periodistas van a ser, desde ahora, unos vendidos al gobierno y hacen parte del enemigo que hay que vencer. “Hay que derrotar a los periodistas”, es su estrategia.

 

Afirmaciones como las del expresidente Uribe parecen exacerbar la polarización, sobre todo en las redes sociales…

Decir que un hombre es un violador de niños, sin tener las pruebas, deja la sensación de que si lo dice un expresidente, cualquiera lo puede decir. Está validando esa forma de discutir, que es infame y delictiva. Muchas personas que aún siguen a Uribe, lo hacen pensando genuinamente que obra bien. Piensan que si actúa mal es porque le tocó, porque lo obligaron a hacerlo o lo malinterpretaron, y ahí entramos a un territorio de algo así como una secta de una sola mente, en la que se asume la conducta del líder sin cuestionarlo. Los usuarios de las redes sociales son una muestra del país que somos actualmente.

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Según Silva Romero, la “adicción al odio” de los colombianos no nos permite ver la buena noticia de acabar la guerra con las Farc. Foto: Sara Gómez

Pero en medio de ese escenario tan polarizado, está pasando algo histórico en Colombia y es el proceso de paz con las Farc. ¿Por qué pareciera que los colombianos no podemos disfrutar de ese triunfo que significa tener una guerra menos?

No hay nada más importante en este momento del país que el proceso de paz con las Farc. Son 7.000 personas que ya no tienen armas y que están dispuestas a integrar la sociedad colombiana. Desmontar la guerrilla más antigua del mundo es increíble, incluso inverosímil para nuestra generación. Es extraordinario, es emocionante y es la señal de un país capaz de cambiar cuando por generaciones se pensó que estaba condenado a ser inviable.

Sin embargo, si uno está demasiado cercano a las noticias puede pensar que esto es un desastre y que estamos viviendo el peor clima político de los últimos años. Pero cuando uno sale a la calle, no está pensando si el de al lado es uribista o qué piensa políticamente. La polarización, entonces, es menos real de lo que uno cree. Hay muchas cosas vitales en las que los colombianos podemos estar de acuerdo: no queremos matar ni que nos maten, por ejemplo.

Pero en una sociedad tan desigual, es fácil que lleguen voces a perturbar eso que parece garantizado. Es muy fácil exacerbar las frustraciones, los dolores, los recuerdos del pasado y crear la sensación de que tenemos que estar en pie de guerra. Hasta ahí llega lo peor del liderazgo colombiano: a poner en pie de guerra a la gente hasta llegar a una idea que ha sido la desgracia de Colombia: justificar la violencia desde que no se ejerza contra mí.

 

¿Qué lecciones le dejaron al país los negociadores de paz, los que pactaron el acuerdo?

El idealismo, la utopía, la convicción y el amor por lo humano. Eso fue contagioso y emocionante. Hay gente, como ellos, trabajando llena de coraje por implementar ese acuerdo, que creen en que podemos vivir en paz. Que cree en convivir, mas no en las Convivir.

 

El proceso de paz con las Farc está en marcha. ¿Pero cómo empezamos a hacer el diálogo entre nosotros mismos, en las redes sociales, en la calle?

Hay un problema de fondo: en Colombia hay una cultura de la ilegalidad y de la informalidad muy fuerte. Este es un país que no acepta las reglas, desde la más sencilla hasta la más compleja. Eso se puede cambiar hablando de los problemas que tenemos, antes de que se decanten y pasen.

Además, la gran herencia de las guerras que ha vivido Colombia es la justificación y la legitimación de la violencia, y eso no se ha erradicado totalmente. Hay que llegar al punto en el que nadie justifique la violencia para arreglar algo, así el país sea terriblemente injusto. Hay razones para enfurecerse con el gobierno, pero el cambio cultural colombiano de fondo es pasar de la idea de la violencia a la idea de corregir las cosas por vías democráticas.

La gran desgracia de Colombia es la idea de justificar la violencia, desde que no sea contra mí.

¿Qué significa para el país que asesinen a los líderes sociales, a los dirigentes campesinos y a los defensores de Derechos Humanos?

Es repugnante. Es una señal de una enfermedad muy fuerte, que hay que combatir seriamente. Colombia vive el posconflicto con las Farc, pero la guerra sigue. Sigue habiendo miles de colombianos que asumen que la violencia es suficiente para ganar. Además, la sociedad colombiana cumple décadas de sentir que la guerra ocurre lejos, en otro lugar. Es exasperante que maten a los líderes sociales porque uno siente que sucede como detrás de un vidrio, estamos viendo en directo (a través de Verdad Abierta y ¡Pacifista!) que los líderes están en riesgo, y que los amenazan, hasta que los matan.

En Colombia no hemos terminado de vencer la anestesia, esa indiferencia, todavía.

 

¿Y los jóvenes la pueden vencer?

Sí. Hay una generación que considera absurdos muchos de los problemas en los que vivimos. Alguien que tenga 22 años no puede creer que a la gente la juzguen por ser homosexual, o que alguien se escandalice por el aborto, o que a alguien le parezca lógico que maten a un líder social por defender a su comunidad. Hay una generación mucho más solidaria, más compasiva y menos atada a lo que le digan unas figuras de autoridad que son sumamente violentas. La gran mayoría de esa generación no le hace caso al papa, o a los curas, o a los partidos políticos tradicionales.

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Para el escritor bogotano, los jóvenes son más solidarios y más compasivos que sus generaciones anteriores. Foto: Sara Gómez

En una columna reciente usted afirmó que hay una parte de la sociedad ‘adicta al odio’. ¿Cómo nos quitamos ese lastre de encima?

Eso implica toda una desintoxicación. En las redes sociales, por ejemplo, es muy evidente la adicción porque durante los dos últimos años, por lo menos, hay una persona en el paredón: esta semana fue Daniel Samper, la semana pasada fue Claudia Gurisatti, etc. Siempre hay una necesidad de estar lanzando piedras, y basta con que alguien tire la primera.

Lo que se ve en las redes es un odio que siempre está buscando forma, y que si alguien lo sabe conducir, puede tener unas victorias políticas muy fuertes. Hay ganas de odiar porque hay una frustración muy grande sobre lo que está sucediendo. El odio, por ser una adicción, solo necesita dealers, gente que le ofrezca ese sentimiento. Y el país tiene muchos dealers: usted escucha hablar al exprocurador Ordóñez y siente que él está ofreciendo odio, vendiéndolo en la calle; Álvaro Uribe también lo está ofreciendo. Hay que ser muy infame en la vida para ser ese dealer. La respuesta está en desactivar esa frustración peleando por una sociedad en la que la gente tenga más oportunidades, en la que haya más equidad.

 

Finalmente, ¿cuál es la labor y la responsabilidad de un escritor para desactivar el odio y colaborar en la construcción de un país diferente?

Soy escritor pero soy un ciudadano colombiano, y tengo las mismas responsabilidades que los demás: votar, criticar lo que no me gusta, proponer lo que creo que es importante, revelar lo que me parece una farsa. Mi contribución es articular lo que he visto y me ha sucedido, con la esperanza de que eso le haya pasado a mucha gente. Tanto cuando hago novelas como cuando escribo columnas, espero hacer más digna la discusión en el país y desmontar maneras de exacerbar el odio.

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