Susurrador Las Brisas

El 11 de marzo del 2000, un comando paramilitar liderado por Uber Enrique Banquez Martínez, alias “Juancho Dique”, masacró a 12 campesinos de la vereda Las Brisas, en el municipio San Juan Nepomuceno del departamento de Bolívar. No eran las 8 de la mañana, cuando a los integrantes de la familia Posso y los Mercado García, las víctimas de la incursión, se les torturó y se les quitó la vida bajo un árbol de tamarindo.

El 9 de agosto de 2001, cerca de 480 familias que conformaban Tabaco, una población afrodescendiente en el municipio de Hato Nuevo, en La Guajira, fueron desalojadas por la Policía a raíz de un pleito con la empresa minera El Cerrejón. Las casas de bareque, los cultivos y los corrales de animales de la comunidad serían reemplazados por una nueva zona de explotación minera a cielo abierto.

A estas dos comunidades las une más de una década de resistencia, desplazamientos colectivos y la fuerte ruptura del tejido social. Aunque están distanciadas por más de 300 kilómetros y la guerra las tocó de distinta forma, Las Brisas y Tabaco quisieron reconstruir su verdad y memoria de la mano.

Objetos que despiertan memorias

Reflejo en vidrio Las Brisas

Taller en Las Brisas. Foto por CNMH.

Una bota derretida, pérdida entre las cenizas que cubren el matorral; una pelota de fútbol polvorienta abandonada en una esquina; el árbol de tamarindo bajo el cual mataron a doce trabajadores; cualquier frasco en medio de la nada que algún día tuvo rostro, son recuerdos y olvidos ineludibles.

El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) junto a gestores comunitarios y víctimas de estos territorios se dieron a la tarea de contar las dos tragedias en 2012. El proyecto se llamó “Impreso en la Memoria” y fortaleció la reconstrucción colectiva del pasado por medio de talleres de pintura, lectura, poesía y teatro, que giraban alrededor de los objetos que encarnaban el dolor de un antes y un después de ser víctimas.

Los participantes del proyecto escogían cinco objetos cargados de memoria y se lanzaban a responder preguntas como: ¿Qué evocaban estas cosas? ¿Cómo se podían narrar esas memorias? Recordar estaba al alcance de sus manos por medio de los elementos de la cotidianidad, que se podían tocar, se representaban o simplemente revivían en la cabeza.

“La construcción de memoria en estas zonas a través del arte e iniciativas creativas representa un proceso de reparación simbólica que dignifica a las víctimas y contribuye a la construcción de la verdad”, sostuvo Kalia Ronderos, de la Dirección del Museo Nacional de la Memoria del CNMH.

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Rafael Posso, sobreviviente de la masacre de Las Brisas. Foto por Santiago Mesa.

“En el último recorrido de los talleres en La Brisas, hicimos el trayecto de la “Ruta de la muerte”, el camino en el que sucedió la masacre. Una de las paradas fue donde quedaba la casa de mi familia; cuando llegué me agaché y dibujé en la tierra el plano del lugar: cocina, cuartos, marranera. Todo volvió a mi memoria”, señaló Rafael Posso, sobreviviente de la masacre en la vereda.

Además de revivir la arquitectura del lugar, Posso contó qué hacían sus familiares e hizo un recorrido guiado por el lugar, según cuenta Lilia Moreno, asesora literaria y asociada del proyecto. En el camino por los despojos de su casa encontró más objetos, como un desodorante y la hoja de un machete, que iban despertando otras historias.

Los habitantes de Tabaco, por su lado, recopilaron sus memorias en bitácoras; se desahogaban, pintaban, escribían y entrelazaban recuerdos cada día, por si alguna vez dejaban de evocar. Los objetos que representaban la memoria fueron grabados y pintados, y al final, los acompañaron de adivinanzas.

“Es largo como una regla, y puede contener hermosas hijas de la tierra. Es hueco como una mochila y para hacerlo, lo cocinan”, escribió Yefer Rivero de la comunidad de Tabaco.

La respuesta a este acertijo es el palo de cocina para revolver los caldos al fogón. “Para Myriam, una líder de la comunidad, este objeto se está re-significando siempre. Antes lo utilizaba como herramienta para dar de comer al pueblo, pero luego con este mismo palo fue golpeada para que dejara su tierra”, contó Miguel Medina de la comunidad guajira.

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Miguel Medina de la comunidad de Tabaco. Foto por Santiago Mesa.

El fruto de recordar: la creación colectiva y la unión de dos comunidades

A partir de estas reflexiones nació la idea de trabajar con una metodología de creación colectiva en Las Brisas y en la población de Tabaco; “les propusimos a las dos comunidades escribir un poema y hacer una ilustración a varias manos”, dijo Moreno, asesora literaria del proyecto del CNMH.

El fruto de la unión de todos los habitantes dio como resultado dos poemas: “El calabazo” en Tabaco y “El ñame espino” en Las Brisas. Dos elementos insignia de cada comunidad fueron homenajeados en cada verso. “Comenzamos desde lo más esencial para recordar quiénes somos como comunidad y hacía dónde vamos”, explicó Posso.

El ejercicio literario se extendió hasta mini crónicas que las personas se animaron a escribir sobre cada una de las tragedias. Cada momento fue enmarcado en más o menos 500 palabras y una conclusión que fundía lo aprendido en los talleres y en la misma vida.

Reunidos Las Brisas

Taller en Las Brisas. Foto por CNMH.

Pese a la distancia, Las Brisas y Tabaco se convirtieron en una familia. Cada comunidad en su territorio experimentó la situación de la otra. Con la ayuda de herramientas como el kamishibai, un pequeño teatro de papel utilizado para contar historias, y la correspondencia de cartas entre los habitantes, las comunidades comprendieron el dolor del otro y ayudaron a construir la memoria ajena.

“Cuando tú dices Las Brisas también estás hablando de Tabaco, y viceversa. Somos víctimas de la guerra y nos tomamos de las manos para salir adelante. Nos hemos convertido en más que una familia”, señaló Medina, de la población de Tabaco.

Aquí, por ejemplo, está la parte de una carta que se redactó en los talleres:

“Querida comunidad de Las Brisas:
(…) Queremos expresarles lo maravilloso que hemos pasado ayer y hoy realizando las actividades propuestas en este taller. Nos ha permitido contar toda nuestra historia, tristezas que vivimos hace 14 años durante el desalojo de nuestra comunidad (…) Quisiéramos construir lazos de hermandad pues estamos seguros de que unidos seremos más fuertes. (…)” .

Del ñame espino al calabazo: más de100 páginas de memoria

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Portada del libro “Del ñame espino al calabazo: objetos que despiertan la memoria”. Foto por CNMH.

 

“Del Ñame espino al Calabazo, objetos que despiertan memorias” fue el nombre que se le dio a la publicación que agrupó todos estos recuerdos y que fue lanzada el pasado viernes 9 de octubre de 2015.

Junto al libro también se presentó el documental “Memoria Latente”, que registra las vivencias del trabajo creativo y reflexivo vivido en cada comunidad. “Lo más importante fue lograr que se sintieran escuchadas dos comunidades que se encuentran en procesos de reparación”, comentó Ronderos, del equipo de prácticas artísticas y culturales de la Dirección del Museo Nacional de la Memoria.

Trabajos al viento Tabaco

Trabajos de las víctimas en la comunidad de Tabaco. Foto por CNMH.

El proyecto dejó  puertas abiertas en estas comunidades hacia otras formas de reconciliación y reparación. “Hay un decimero (un juglar que recita versos) en Las Brisas. Él no tiene cómo publicar y decía que a raíz de haber aprendido en uno de los talleres a ensamblar un libro artesanal, él podría hacer ahora sus propios libritos”, señala Ronderos.

Todo nació a partir de los objetos y terminó condensado en otro más, un libro. Generalmente la construcción de memoria comienza desde las historias territoriales y de personajes; sin embargo, centrar la mirada en un elemento cambia la percepción de lo sucedido. “A través de ese objeto es posible el encuentro, la palabra, el poder reunir a dos comunidades que se reconstruyen viéndose la una en la otra”, dijo Moreno en el lanzamiento del libro.

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