Por Mateo Rueda

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La colonia agrícola de Acacías parece un modelo carcelario ejemplar. Algunos presos tienen ganas de aprender, trabajar y ven una oportunidad para transformar sus vidas. Luego de un viaje de tres horas en un bus del Inpec, llegamos allá, a Acacías, Meta. Allí los reos pueden disminuir su condena con trabajo agrícola y ensuciándose las manos, esta vez, en la legalidad.

Tras bajar del bus nos dirigimos al auditorio para escuchar al director de la colonia, quien nos invitó a probar los productos que hacen los presos: tomamos yogurt y comimos pan. Escuchamos la presentación de ese modelo penitenciario y luego nos condujo a la panadería para empezar nuestro recorrido por el lugar.

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Esta parte de producción de la colonia tiene todos los implementos y equipos necesarios de una panadería industrial. Crucé palabras con algunos de los presos, que me contaron sobre el proceso que han desarrollado mientras llevan aquí.

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Según cuentan, empezaron por una labor sencilla como el amase, pero con el tiempo se han vuelto profesionales en el arte de hacer milhojas y una gran variedad de panes y pasteles.

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Después de la panadería, fuimos a ver los animales de la colonia y las instalaciones de trabajo para la extracción de leche, engorde de cerdos y lombricultivos.

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“Lo chévere es que usted se siente útil”, me cuenta uno de los presos, mientras revuelve el abono para mostrarme su calidad. “Cuando uno salga de acá, ya tiene un oficio aprendido”.

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Paso por cada sección y veo cómo entrenan a los caballos para cumplir labores ganaderas. “No sé quién está más cansado, si el caballo o yo”, me dice el interno sonriendo. Las autoridades, al interior de la colonia, aseguran que los centros logísticos de cada área mantienen al día la información de los animales y sus vacunas.

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Los presos extraen alrededor de 14.000 peces al semestre, crían a más de 400 cerdos y producen su propio abono. Todo lo que se hace en la colonia se vende en la región o es usado para alimentar al personal administrativo y oficial de la cárcel. Según el director, este es “un lugar ejemplar”, pues sus índices de reincidencia y hacinamiento son muy bajos en comparación con el resto de centros carcelarios del país.

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Yo vengo de La Modelo, pedí transferencia y ha sido lo mejor que me ha pasado. Solo poder ver el sol lo hace a uno pensar en otras cosas, en salir adelante y no andarse drogando en un patio para que se le pase rápido el día a uno”, cuenta un preso.

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La leche que se produce dentro de la colonia sale en la mañana para ser vendida en la región. Una parte se queda para consumo interno.

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Luego de recorrer el área agropecuaria, debemos apretar el paso. El complejo es inmenso y para llegar a cada sitio hay que caminar largos trechos o desplazarse en moto o en bus.

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La ubicación de la colonia permite apreciar la variedad de flora y fauna de la región.

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Una de las divisiones de la colonia es el campamento ‘Cola de pato’.

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La colonia cuenta con un hospital de solo un año de antigüedad.

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El director de la colonia nos dice emocionado que aún falta un lugar por visitar: un centro terapéutico que, según él, es un modelo a seguir. “Esto es un éxito, tratamos adictos sin placebo. El deporte está primero. Manejamos grupos pequeños para tener el control, siempre son 25 internos”, explica.

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El centro terapéutico está a cinco minutos en bus del centro de la colonia. Llegamos allí y, de inmediato, los internos son llamados a formar un círculo. Cada uno de ellos nos hace un gesto de bienvenida y nos da su nombre. El acto es emotivo.

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A los de de camisa blanca se les conoce como ‘hermanos mayores’, pues están a poco tiempo de recobrar su libertad. Ellos se encargan de aconsejar al resto de presos.

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En el centro terapéutico hay reglas claras, casi mandamientos, en las paredes. “Nosotros aprendemos la palabra de Dios, pero sin la parte religiosa. Es un manual para vivir bien y entender que el que más daño le puede hacer a uno es uno mismo”, me dice Juan Pablo, un interno que debe pagar seis años por llevar cocaína a España. La lista de mandamientos incluye: ‘No decir groserías’, ‘No bañarse al aire libre’, ‘Acatar órdenes’ y ‘No tener relaciones amorosas’.

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El deporte, la vista y la comida, según me cuentan los internos, marcan la diferencia en el proceso de rehabilitación. “El solo hecho de levantarte y no ver la pared todo el día te hace cambiar el chip. Acá tenemos que hacer nuestras labores y así nos ganamos lo que necesitamos. Estamos aprendiendo el valor de las cosas, algo que nunca habíamos aprendido”.

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