Foto: Archivo !Pacifista!

Por Mateo Echeverry*

Se habla mucho de la polarización y de llamados a la unidad por estos días. Este parece ser el mantra que se repetirá durante toda la campaña electoral. Se parte de la necesidad de proteger el proceso de paz y de no ahondar en las ya marcadas grietas que dejó el plebiscito del pasado octubre, sobre todo en este punto en el que las Farc ya terminaron su desarme. Pero todos estos esfuerzos –nobles, por cierto– de grupos de la sociedad civil, y algunos candidatos políticos, se chocan con uno de los aspectos estructurales de la sociedad colombiana: la idea del “enemigo” como parte fundamental de nuestras relaciones del día a día.

Y ¿qué es el “enemigo”? Pues es una pregunta muy compleja, pero podemos resumirla como el tipo de relaciones que se crean partiendo de la idea de ese otro opuesto a mí y cuya existencia es considerada una amenaza, con la consiguiente deshumanización de ese otro.  Y esta mezcla es la que hace posible que se cometan todo tipo de violencias. Todo se justifica frente a su amenaza y la única interacción que existe con los enemigos está marcada por impulsos violentos. El escenario ideal es su aniquilación.  

Colombia se ha montado históricamente sobre la idea del “enemigo” y es algo que ha cambiado de nombre, pero que estructuralmente ha seguido igual. De liberales y conservadores, hasta bandoleros y pájaros, a guerrilleros y paramilitares.  

La idea del “enemigo” no solo queda en los campos de batalla, sino que se introduce en nuestras conversaciones y nuestras formas de percibir a los demás. Esta es la brutalidad del conflicto armado que ha logrado permear nuestra vida cotidiana. Basta seguir atento el desarrollo de una conversación política entre personas que apenas se estén conociendo para ver que tarde o temprano comienza a  asemejarse a un combate de boxeo.

En un primer momento, los contrincantes se estudian detalladamente. Buscan atentamente encontrar en el otro esos rasgos o esas palabras claves que nos determinen donde debemos dar el golpe. Sondeamos atentamente por posturas frente a temas como el uribismo o el proceso de paz. De este tipo de respuestas que encontramos le damos un rotulo a nuestro interlocutor: amigo o enemigo. El intercambio se cierra con ese momento en que se “desenmascara” al otro.   

En un segundo momento, ya identificado como enemigo, soltamos el ataque. Y no hay un intercambio claro de ideas sino un ejercicio de poder, de destrucción, de imposición sobre el otro. Nada se acepta del contrario, la única respuesta posible es el aplastamiento. Y las palabras suben y los ánimos también. Creo que todos hemos encontrado momentos en que conversaciones con familiares o amigos han escalado de forma lamentable.  

Somos presos de las categorías que nos dejó la guerra. Categorías binarias y cerradas, en donde hay campo para los matices o grises. Donde hay amigos y enemigos. Y todo eso permea nuestra forma de hablar y nuestras relaciones.  Si algo comparten los extremos (izquierda y derecha) es la capacidad, y necesidad imperiosa, de articular cualquier expresión dentro de estos códigos binarios.

Creo que todos hemos encontrado momentos en que conversaciones con familiares o amigos han escalado de forma lamentable.

Una conversación distinta –si queremos hablar de construcción de paz– tiene que partir de una forma de conversación en donde nos liberemos de las inercias del pensamiento que heredamos del conflicto. Aguantarnos la tentación de encerrar a los otros en categorías de “paraco” o “guerrillero” y escuchar más atentamente. Entender los matices de dolor, frustración o rabia que se dibujan en las palabras. Hay que devolverle a la conversación su naturaleza de establecer conexión, empatía, entre dos individuos. Una conversación, de estos temas complejos como la paz, deben necesariamente dejar en los participantes algo nuevo. Sino lo que ocurrió no puede ser calificado más que un monologo.        

Cambiar la idea de “enemigo” a “contradictor” no pasa por renunciar a las convicciones propias. No, todo lo contrario. Quiere decir que podemos hablar más y encontrar más puntos de debate, en que posiblemente no nos encontremos. El consenso absoluto no puede ser calificado como democracia. La verdadera democracia es un espacio donde hay consenso alrededor de que las armas nunca más pueden ser parte de la política. En otras palabras: no por aceptar que las Farc entren en la política es uno de las Farc. Si no quiere a la Farc no vote por ellas. Eso lo van a hacer muchos, muchísimos colombianos. Pero acepte que su discurso puede existir y que la forma de contrarrestarlo es dentro de la política, no dentro de la violencia. Y aceptar la posibilidad de “existir” de las Farc es para muchos colombianos el principal problema.

La idea del “enemigo” es tentadora porque simplifica la realidad, la reduce a bueno/malo y se catapulta sobre las emociones más primarias como el miedo y la rabia. Pensamientos como el uribismo inevitablemente parten de entender esta idea perpetuando la violencia como el único medio de interacción. Pero la gran paradoja es que, con todo el odio que sienten por las Farc, eliminando el enemigo de la ecuación, el uribismo se diluye: sin las Farc en armas, pierde su razón de ser. La entrega de armas es drama para uribismo, y así se tiene que entender su cinismo ante un evento histórico como el que representó que más siete mil armas no vuelvan a ser dispararas. La historia les cobrará este papelón que hacen.

Quitar al “enemigo” hace que los cuestionamiento y miradas críticas se multipliquen. Sin otros en los cuales descargar todo lo negativo de la realidad, los problemas y el debate adquieren otro nivel. La reconciliación pasa necesariamente por entender los matices  del conflicto colombiano, entendiendo que hay que lograr formas de interactuar con esos “otros” de forma que se rompan los ciclos de violencia.

No por aceptar que las Farc entren en la política es uno de las Farc.

El dialogo, entre los colombianos y los miembros de las Farc que entran a la sociedad después de la guerra, es un dialogo que todavía tenemos que trabajar. Necesitamos, como dice Lederach, imaginación para imaginarnos otro tipo de relaciones, otras formas de vivir entre nosotros. No va a ser fácil romper con estas ideas que dividen tan fuertemente a los colombianos.

Somos más violentos en la palabra y en la conversación de lo que creemos. Visibilizar esa violencia quizá sea un primer paso a una paz real. Sin este esfuerzo todos los miles de palomas blancas y buenas intenciones caerán en el fracaso.

* Mateo Echeverry es periodista y antropólogo. Consultor en temas de DD.HH y desarrollo.

ARTÍCULOS RELACIONADOS