guerra

Foto: Christian Werner

Cristina Ávila trabajó en medios grandes, quizás gigantes, y pudo tener la atención de millones de personas. Ahí pasó más de diez años. Pero poco a poco se dio cuenta de que muchas historias que ella veía o escuchaba no aparecían en las agendas de esos medios. Eran, justamente, las historias de paz. A Cristina le empezó a incomodar que los medios dijeran que contar lo malo era ser objetivo. Para ella, una cosa no tiene que ver con la otra. Su convicción se volvió tan fuerte que sin pensarlo más de la cuenta, casi de tajo, renunció a la carrera que llevaba.

Hace siete años, decidió emprender un camino por su cuenta. Fundó “Corresponsal de Paz”, un medio dedicado a contar únicamente historias de esperanza desde una óptica positiva. Su inquietud, explica, se sustenta en una premisa: los medios tienen el poder de emocionar a la gente, que a su vez actúa según sus emociones. A partir de ahí, Cristina concluye que si a diario las audiencias consumen noticias que cuentan historias de traición, de horror, replicarán en su cotidianidad la desconfianza y el recelo. Esas historias, que según ella son la mayoría, hacen creer a la gente que ya no hay esperanza.

Su grano de arena, dice, es hacer algo que llama “periodismo de paz”. No se trata de contar solo buenas noticias. Por el contrario se trata, en un sentido amplio, de contar las malas noticias desde una perspectiva que muestre soluciones. Cristina lo describe así: la parte más oscura del mundo desde su lado más luminoso. Siguiendo ese norte, acaba de publicar su segundo libro: “La paz que sí existe (y que el periodismo ignora)”, donde a través de veinte relatos trata de mostrar que no todo está perdido en tiempos de guerra.

El 6 y 7 de julio, Cristina estará en Colombia dictando un taller y presentando su libro. Hablamos con ella para entender cuál puede ser el papel de contar las historias de esperanza dentro de una sociedad que todavía no sale de la guerra.

 

¿Cuáles son las carencias más grandes del periodismo actual?

Existe una sintaxis y una semántica de la violencia mediática, que nos inundan la mente todos los días. Nos quieren hacer creer que “contar la realidad” es lo mismo que contar la violencia. En el sistema mediático, y eso lo sigo comprobando cada día, no hay cabida para esas historias de paz.

¿Cree que en los medios hay una fascinación morbosa por mostrar tragedias o simplemente es una mirada objetiva de las tragedias que efectivamente existen?

No estamos contando la historia completa del mundo. Hay dos equívocos: uno tiene que ver con la economía y otro con la cultura. El primero se trata de que los que sostienen los medios son grandes grupos económicos con intereses muy específicos, que nos quieren hacer ver un mundo colapsado, que no es solidario, que no es humano. Eso nos da una sensación constante de miedo y quien teme es muy fácil de manejar. El segundo equívoco se trata de la cultura de pensar que la violencia es lo que vende.

¿Cómo se cuentan entonces todas las cosas malas que pasan en el mundo? 

En el periodismo de paz las historias no son naive, no son rositas, no son buenas noticias. Están hablando de los grandes conflictos que hay en el mundo pero desde otra perspectiva. El acercamiento ético y periodístico es otro: contar la historia de estas personas y grupos que están intentando cambiar las cosas. Hay historias de niños reclutados, de violencia sexual, de refugiados, pero desde otra perspectiva. Esa es la única pequeña gran diferencia.

¿Qué debe cambiar en el ojo del reportero para ser un corresponsal de paz?

Se trata de ver qué le causa curiosidad al periodista. Mirar qué sí funciona para entender lo que no está funcionando. Hay muchas historias ahí afuera que no están siendo contadas y que los mismos periodistas contribuimos a que estas iniciativas fenezcan porque mueren en la soledad y el olvido. Una vez un periodista le preguntó a Kapuściński, uno de los grandes reporteros de guerra, qué era lo primero que buscaba en los lugares a los que iba. Él le dijo que lo primero que buscaba cuando iba a un lugar devastado era dónde estaba renaciendo la esperanza. Eso es lo que queremos nosotros.

Digamos que se están dejando de lado las historias de paz. ¿Al menos se están contando bien las de guerra? 

En mi país todos los días estamos viendo noticias que dicen que hubo muertos, descabezados, explosiones. Si tú solo ves eso, te da por no salir a la calle ni confiar en el otro ni ayudar. Yo creo que esto es como una enfermedad. Es como cuando vas al médico y le dices que te duele la rodilla, y él después de hacerte estudios te dice “a usted lo que le pasa es que le duele la rodilla”. Tú le vas a decir que eso ya lo sabías. Entonces lo que hay que saber son dos cosas: uno, ¿por qué me duele la rodilla?, y dos, ¿cómo se me va a quitar? Esas dos cosas, en el caso de las enfermedades sociales, los periodistas no las estamos contando. No contamos por qué llegamos hasta acá ni cuáles son las posibles salidas.

Vea también: ¿Qué estamos haciendo mal los medios que cubrimos el conflicto?

¿Cómo trata de convencer a la gente que piensa que el periodismo de paz es incompleto y oculta las cosas malas? 

La gente ahora mismo no cree en la paz. Es un camino arduo y desgastante. Hay que luchar con la energía del rechazo, con los que te dicen que no se puede, que las historias que cuentas son mentira, que estás ocultando la verdad. No hay que preocuparse por la respuesta de afuera. Es solo un reflejo de los muchos años que llevamos inyectando discursos de guerra en los medios.

De pronto para llegarle a mayores audiencias, además de cambiar los contenidos, es posible que haya que cambiar también las narrativas.

Ahora mismo no le vamos a llegar a las grandes audiencias. No con el sistema mediático que tenemos. Es difícil porque para contarte un conflicto desde la perspectiva de paz se necesita tiempo y espacio. A mí me rechazan mis textos porque son largos y porque los editores dicen que la gente no se va a leer eso. ¿Entonces estamos buscando lectores que no lean? Yo creo que el internet, al contrario, nos permite consumir formatos más largos. Sé que no puedo cambiar el sistema mediático ahora, pero sí puedo cambiar mi manera de hacer periodismo. Y si muchos la cambian, pues también se transformará el sistema.

No se puede ignorar que el periodismo juega un papel político. ¿Cuál es el aporte que hace a la sociedad en ese sentido el periodismo de paz?

Debemos partir de que lo que estamos haciendo tiene un enorme poder emocional en el individuo y en el colectivo. El periodismo siempre, sin importar que cubras una pasarela en París o un atentado terrorista de ISIS, está generando un cambio social, porque estás influyendo en las emociones de las personas. Lo que quiere hacer el periodismo de paz es aceptar que está influyendo en la emoción de la gente y, a partir de ese lugar, así te lea una persona o te lean diez mil, evitar que las emociones se inclinen hacia la insolidaridad y la desconfianza.

 

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